Oigamos a Galán en el Parque de Berrio. 1982



 4 de marzo de 1982.  Galán que ya era un fenómeno político nacional,  programó una visita de campaña a Medellín y sus copartidarios encabezados por Marulanda le estaban  organizando tres homenajes: uno en el hotel Intercontinental, otro al día siguiente en el club Campestre, pero especialmente una concentración histórica llamada “Oigamos a Galán” en el Parque de Berrio para el 4 de marzo,  que sería su gran consolidación en el departamento.  Hasta el momento los seguidores de Galán seguían muy preocupados con la preferencia de Escobar y el resto del grupo de Renovación Liberal por unirse a ellos como su movimiento político de base  y de su negativa de retirarse.  Galán sabía que sin quererlo estaban enredados con la mafia y que muy pronto sus enemigos lo acusarían de dejar colar narcotraficantes en sus listas lo que arruinaría por completo el mensaje renovador y pulcro que intentaba proyectar. Por eso esta era una oportunidad perfecta para que todos se enteraran de su expulsión. La reunión multitudinaria transcurrió en una tarima enfrente de la iglesia de la Candelaria del Parque Berrio y durante el acto,  Escobar y Jairo Ortega sufrieron el supremo desaire de ser expulsarlos en la plaza pública;  desde aquí comenzaría entonces el odio irrestricto de Escobar  por el candidato Galán, que luego le costaría la vida.   Las  palabras exactas de Galán esa tarde contra Renovación Liberal fueron: como ustedes saben, hubo otro sector en la política  antioqueña que tan pronto se frustró la candidatura del doctor Santofimio Botero, hace unos meses, vinieron al lado nuestro para ofrecernos su respaldo.  Sin embargo, esas personas no representan nuestros criterios políticos.  Las listas que encabeza en la cámara el doctor Jairo Ortegano representan  mi candidatura presidencial en Antioquia, porque tal grupo no respetó nuestros compromisos con el pueblo colombiano, de renovación  política, de restauración moral que  no podemos transigir en ningún  sentido y por ninguna razón. Preferimos perder esos votos, pero no perder nuestra autoridad moral para defender la restauración democrática de este país.  Les dimos la oportunidad de rectificar los errores que estaban cometiendo y no pudieron ni quisieron hacerlo...  Nunca se dijo el nombre de Escobar pero no se necesitaba;  la gente entendió bien de quién se trataba.  Ese mismo día,  sin que los interesados lo registraran, silenciosamente  entró en plena vigencia el tratado de extradición o Ley 27, que ya había sido  aprobado ya por el senado estadounidense y que sería el meollo de todas las guerras de los narcotraficantes contra la extradición en los siguientes 10 años.